Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
Antes de ver la carreta se oían las ruedas. El ruido avanzaba por las calles cuando las casas ya estaban cerradas y el movimiento cotidiano había terminado. En la leyenda de Tuxtla, escuchar aquel paso no despertaba la curiosidad que provoca un viajero tardío: hacía que las familias guardaran silencio y esperaran que siguiera de largo.
El sonido permite que la leyenda entre en una casa sin mostrar todavía a su protagonista. Las ruedas anuncian una cercanía que nadie puede medir con exactitud desde adentro: parecen avanzar, detenerse o cambiar de calle. La familia no sabe si el ruido pasará frente a su puerta hasta que lo escucha acercarse. Esa incertidumbre sostiene la escena más que una persecución. Los habitantes permanecen en su propio espacio, rodeados de lo conocido, y aun así sienten que algo ajeno puede señalarlo. El temor no consiste en perder el camino de regreso, sino en que el recorrido nocturno encuentre precisamente el lugar donde están quienes desean proteger.
El conductor era San Pascualito, representado como un esqueleto. No llevaba mercancías ni buscaba alojamiento. Su recorrido estaba relacionado con quienes se encontraban cerca de morir. La vieja carreta cruzaba la ciudad como si conociera de antemano las puertas ante las que debía detenerse.
La figura del esqueleto hace visible una condición que el relato presenta como compartida por todos. El conductor no necesita distinguir entre casas grandes y pequeñas para cumplir su tarea. A diferencia de un comerciante, no evalúa qué pueden ofrecerle; a diferencia de un viajero, no busca que lo orienten. Parece conocer el destino de antemano. Esa seguridad contrasta con la incertidumbre de los vivos, que sólo pueden escuchar y esperar. El carretón se convierte así en una imagen de lo que no se puede negociar mediante las ocupaciones habituales. Ninguna puerta parece quedar definitivamente fuera de su ruta y ninguna familia puede asegurar que nunca tendrá motivos para temer su llegada.
Dentro de una casa, cualquier crujido podía parecer más cercano de lo que realmente estaba. El temor aumentaba si alguien permanecía enfermo. Los familiares escuchaban el avance de las ruedas e imaginaban que la próxima pausa podía señalar precisamente su domicilio.
La enfermedad vuelve más intensa la atención al exterior. Mientras alguien descansa dentro, las personas que lo acompañan oyen sonidos que otra noche tal vez pasarían inadvertidos. La leyenda da forma a esa vigilancia y la convierte en una escucha compartida: cada crujido puede traer la pregunta de si el vehículo continúa andando. No hace falta que un personaje abra la puerta y compruebe la aparición. El relato se sostiene en el intervalo durante el cual la familia teme que la próxima pausa anuncie una pérdida. Por eso puede contarse sin una descripción detallada de la carreta: la angustia procede también de lo que sus ocupantes creen que podría significar.
El cuento atribuye al carretón la tarea de recoger almas. La figura del conductor resume lo que los vivos no pueden dominar: nadie puede pedirle una fecha distinta ni explicar que todavía faltan asuntos por resolver. Por eso los ruegos se dirigen a lo único que parece quedar abierto: que el vehículo continúe su recorrido.
La súplica de que siga de largo expresa un deseo limitado y profundamente humano. Los familiares no imaginan eliminar la muerte de todo el mundo; desean conservar un poco más a una persona concreta. La calle ofrece una manera de representar esa petición: mientras las ruedas se alejen, la despedida parecerá aplazada. Esa imagen puede convivir con otras relaciones devocionales hacia San Pascualito, que no se reducen al espanto nocturno. La misma figura reúne temores y formas de cercanía distintas según el contexto en que se la recuerde. Comprenderlo evita convertir una tradición religiosa popular en una simple atracción de horror o en un supuesto anuncio cierto del destino de los enfermos.
Si el ruido se aleja, la casa recupera poco a poco su respiración. Si se detiene, el silencio adquiere otro peso. La narración permite expresar así una angustia que no depende de haber visto al personaje: el miedo a perder a una persona querida puede llenar una calle antes de que aparezca una sombra.
Con el paso de las generaciones, San Pascualito también ha pasado a imágenes, grabados y celebraciones. La presencia pública de su figura convive con la carreta temida de las noches. No todas esas expresiones tienen el mismo sentido para quienes participan en ellas.
El lugar y sus versiones
La referencia de este texto es Tuxtla Gutiérrez, aunque el relato circula también en Chiapa de Corzo y otras poblaciones. Se relaciona con una devoción popular a San Pascualito, cuya historia no se reduce a un personaje de terror. El ruido del carretón y sus paradas son motivos legendarios, no señales que permitan predecir la muerte de una persona. Cambian la vestimenta, el vehículo y la forma de su aparición.

