Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
La puerta de la celda era, hasta entonces, una frontera. Separaba al pintor del resto de la ciudad y recordaba que otros habían decidido cuánto podía moverse, a quién podía ver y cuándo recibiría noticias. La leyenda del pintor Simón Pereyns convierte precisamente esa superficie en el lugar de una salida inesperada: donde había madera cerrada para contener a un prisionero, terminó apareciendo una imagen que abriría su libertad.
La tradición sitúa el relato en la capital novohispana. Pereyns era un artista extranjero de talento reconocido, capaz de trabajar en obras que despertaban el interés de personajes importantes. Pero la fama no lo protegió cuando sus palabras fueron interpretadas como una ofensa religiosa. En el mundo que describe la leyenda, una conversación podía dejar de ser privada en cuanto alguien decidía denunciarla.
El episodio que conduce al encierro cambia de matices según quien lo cuenta. En la versión antigua, el pintor se expresa con desprecio sobre las imágenes sagradas y se niega a participar en un encargo dedicado a la Virgen. Sus interlocutores consideran intolerable aquella postura. La noticia llega a las autoridades religiosas y el hombre que antes disponía de pinceles y encargos termina recluido por la Inquisición.
Dentro de la celda, el paso del tiempo adquiere una lentitud distinta. La posibilidad de volver al trabajo depende de una decisión que no está enteramente en sus manos. Según la narración, le ofrecen recuperar la libertad si pinta la imagen que antes había rechazado. Él se resiste. Su negativa mantiene el conflicto abierto y hace que cualquier propuesta posterior parezca una nueva exigencia sobre la misma herida.
La leyenda lleva esa resistencia hasta un gesto extremo: el pintor destruye el lienzo que le proporcionan. Ya no queda siquiera una superficie preparada donde cumplir el encargo. El acto refuerza su encierro y deja la habitación reducida a lo que tenía desde el principio: muros, una cama y la puerta que otros cierran desde afuera. Así llega la noche en que cambia la historia.
Mientras duerme, Pereyns percibe un aroma que no corresponde a su prisión. Después aparece una claridad que crece y transforma la oscuridad de la celda. La narración no atribuye esa luz a una lámpara que alguien haya olvidado. La presenta como el anuncio de una presencia extraordinaria. Frente al hombre encarcelado se manifiesta la Virgen.
No llega acompañada de amenazas. El núcleo de la escena es una intervención compasiva, distinta de la presión que el pintor había recibido. Aquello que antes rechazaba como una imposición se vuelve un encuentro personal. El hombre se conmueve, abandona la dureza con la que sostenía su negativa y acepta hacer la pintura. Pero el lienzo que debería utilizar ya no existe.
Mira entonces la puerta. La misma tabla que había fijado el límite de sus días puede recibir el rostro que conserva en la memoria. La leyenda hace de esa solución material una parte esencial del prodigio: no aparece una obra terminada sin participación del artista. Pereyns tiene que pintar. Debe convertir el movimiento de sus manos en una respuesta a lo que acaba de experimentar.
Trabaja durante la noche. Los pinceles recorren la madera mientras la imagen se forma en un sitio que no había sido preparado para exhibir un cuadro. El esfuerzo es silencioso y urgente. Al amanecer, cuando los encargados se acercan a la celda, la puerta ya no puede verse solamente como un objeto del encierro. Hay en ella una figura que los obliga a detenerse.
La pintura despierta admiración. Llegan quienes deben juzgar lo ocurrido y la obra es recibida como señal de una intervención misericordiosa. En la tradición, ese reconocimiento conduce al perdón del pintor y a su liberación. La puerta se retira de sus goznes para llevar la imagen a un espacio de veneración, asociado al Altar del Perdón de la Catedral.
El relato no sustituye la investigación sobre la trayectoria real de Pereyns ni sobre las pinturas que tuvo la Catedral a lo largo de los siglos. Conserva una explicación legendaria para el vínculo entre una imagen mariana, un artista procesado y la idea del perdón. Es esa tradición, con sus variaciones, la que permite narrar el episodio sin confundir cada detalle con un documento judicial.
Su desenlace invierte la función del objeto inicial. La puerta ya no encierra al pintor y tampoco se limita a dejarlo pasar: sale ella misma de la prisión, transformada en pintura. La misericordia se recuerda a través de una superficie que antes representaba castigo. De todas las imágenes que propone esta leyenda, ésa es la que permanece: una noche de trabajo y una puerta que, por fin, deja de separar.

