En las comunidades de Cerro Grande se cuenta que hubo un hombre al que no podían atrapar porque nunca permanecía del todo dentro de su forma humana. Se llamaba Vicente Alonso y pasó a la memoria popular como el Indio Alonso. Su historia está vinculada con Zacualpan, en el municipio de Comala, y con la sierra en la que se movió durante los años revolucionarios. Fue un personaje real; el don de cambiar de cuerpo pertenece a la leyenda que creció alrededor de sus fugas.
Las autoridades lo buscaban, pero conocer su nombre no era lo mismo que conocer los caminos por los que podía escapar. La sierra guardaba salidas que no estaban disponibles para cualquier perseguidor. Quien había aprendido a moverse por ella encontraba refugio donde otros veían solamente monte. En ese terreno, cada intento fallido aumentaba su fama. No bastaba decir que se había perdido su rastro: la gente quería explicar por qué un hombre podía desaparecer tantas veces cuando parecía estar al alcance.
La explicación legendaria fue el nahualismo. Se decía que Alonso podía transformarse en animal y que ese poder le permitía abandonar la figura que buscaban sus enemigos. La tradición de Zacualpan recuerda, en particular, la transformación en chivo. Una persecución podía seguir avanzando sin reconocer al fugitivo, porque ya no buscaba el cuerpo correcto. El recurso volvía inútil una ventaja de los perseguidores: saber cómo era el hombre al que pretendían detener.
También se le atribuyó una protección contra las balas. La fama reunía dos posibilidades que lo hacían parecer invulnerable: si lo encontraban, no podrían herirlo; si estaban a punto de capturarlo, dejaría de parecer quien era. De ese modo, el temor no dependía solamente de sus acciones. Dependía de lo que se creía que podía hacer. Antes de un encuentro, la leyenda ya había entrado en él y le daba una ventaja que ningún hombre podía medir con certeza.
La Piedra de Juluapan ocupó un lugar en esos relatos. Se decía que allí escondía tesoros y que conocía un acceso que otros no podían encontrar. El refugio adquirió la misma cualidad que su dueño: estaba a la vista como parte del paisaje y, al mismo tiempo, parecía inaccesible. La riqueza supuestamente oculta añadía otra tentación. Quien soñara con conseguirla tenía que enfrentarse no solamente al terreno, sino a la reputación de un hombre que podía alterar las reglas de la búsqueda.
Alonso continuó escapando y la fama de sus poderes siguió creciendo. Para unos era un bandido peligroso; para otros, una figura que desafiaba al gobierno y a los poderosos. No todas esas miradas pueden reconciliarse en un héroe limpio. Hubo violencia real, persecuciones y víctimas. La leyenda eligió destacar la habilidad de huir y la convirtió en transformación, pero alrededor de ese personaje vivían otras personas cuya historia no desaparece porque el fugitivo adquiera una apariencia extraordinaria.
Una de ellas fue Ramona, la mujer a la que diferentes registros nombran Murguía o Munguía. Las versiones que hablan de ella recuerdan una relación marcada por la coerción: no era solamente la compañera romántica de un aventurero. Su presencia lleva el relato lejos de la imagen del hombre que todo lo domina. Dentro de su propio refugio había alguien que conocía su vulnerabilidad y cuya vida había sido afectada por él. El poder que los perseguidores no lograban vencer tenía otro límite.
En 1917, la enfermedad dejó a Alonso debilitado. La fama de invulnerabilidad no había impedido que su cuerpo perdiera fuerza. Ramona aprovechó esa ocasión y lo mató. Los detalles precisos del ataque y del destino de la cabeza varían entre las narraciones, pero el desenlace no cambia: la muerte llegó cuando el hombre que había escapado tantas veces ya no pudo volver a hacerlo. No hubo un animal que lo sacara de aquella habitación ni una piedra que lo recibiera.
La leyenda del nahual no murió con él. Sus fugas siguieron explicándose mediante la transformación y su tesoro continuó perteneciendo al territorio de lo imaginado. La Piedra de Juluapan conservó el papel de escondite legendario, mientras Zacualpan guardó la memoria de un personaje que había obligado a hablar de la sierra de otra manera. Un final humano y violento no borró las cualidades sobrenaturales que se le habían atribuido. Simplemente mostró que no pudieron darle una salida definitiva.
Así termina la historia del Indio Alonso: los caminos que conocía y el miedo que inspiraba le permitieron desaparecer muchas veces, pero no lo volvieron inmortal. La leyenda conserva su cambio de forma; la memoria histórica recuerda también los conflictos y el daño que rodearon su vida. En Cerro Grande ambas voces siguen próximas, como el hombre y el animal de los relatos. Una explica sus escapes mediante el monte; la otra imagina que, para atravesarlo sin ser reconocido, llegó a convertirse en parte de él.
