En el municipio de Comala, la leyenda de una laguna empieza en la casa de un matrimonio. María y Jorge vivían en el entorno de la hacienda de San Antonio. Ella atendía el hogar; él trabajaba y disfrutaba las reuniones de los pueblos cercanos. Su vida podía parecer sencilla desde fuera, pero María tenía una inquietud que la tradición coloca en el centro del relato: temía perder el amor de su esposo y le costaba soportar sus ausencias.
Un día hubo una fiesta a la que fueron invitados. La versión aquí narrada cuenta que prefirieron no asistir y que Jorge salió a presentar sus disculpas. Sería una visita breve. La explicación debía haber permitido a María continuar con sus labores, confiando en que pronto volvería. Sin embargo, el tiempo comenzó a extenderse. Aquello que se había anunciado como una salida corta se convirtió en una espera que ella no podía comprender.
Las horas pasaron y Jorge no regresó. María empezó a imaginarlo entre otras personas, entretenido en una fiesta de la que ella había quedado fuera. La falta de noticias permitió que la sospecha ocupara el lugar de la explicación. No sabía qué estaba ocurriendo, pero los celos comenzaron a darle imágenes cada vez más difíciles de apartar. En vez de esperar una respuesta de su marido, iba construyendo una respuesta propia con aquello que más temía.
La tarde se volvió más pesada. María deseaba que él cruzara la puerta, pero también quería algo que ningún regreso podía garantizarle: tener para siempre la seguridad de ser amada. No le bastaba resolver esa ausencia. Quería impedir todas las ausencias futuras, todos los pensamientos que pudieran separarlo de ella. La leyenda lleva el miedo hasta ese extremo, donde la compañía deja de ser una relación entre dos personas y se vuelve algo que una de ellas pretende asegurar a cualquier precio.
Desesperada, invocó al diablo. Lo llamó para pedirle que le devolviera al esposo y le garantizara su amor. Ofreció su alma como pago. Allí se produjo el pacto que cambió una espera doméstica en una historia de terror. María estaba pidiendo una certeza y aceptó entregar algo mucho mayor que la tranquilidad de una tarde. El ser al que llamó no llegó para comprender sus celos ni para aconsejarla. Llegó para tomar lo que ella había prometido.
La oferta fue aceptada. La leyenda no concede a María el tiempo suficiente para convertir su promesa en una frase olvidada. Cuando el diablo entra en un trato, las palabras dejan de parecer reversibles. La casa que debía recibir a Jorge perdió primero a su propia dueña. El deseo de impedir una separación provocó otra que ninguno de los dos podría reparar. María quiso asegurar la presencia de su marido y acabó siendo ella quien desapareció.
Jorge regresó después y no la encontró. La puerta abierta no resolvió lo que había empezado durante su ausencia. Llamó, buscó y necesitó la ayuda de otras personas. El hogar no daba respuesta. La búsqueda salió hacia los alrededores, hasta alcanzar el lugar que la tradición identifica con la laguna. A cada paso se alejaban de una ausencia que todavía podía tener explicación y se acercaban a un desenlace que nadie habría querido descubrir.
Allí encontraron un sepulcro. Al acercarse, presenciaron lo que convierte el final en una escena sobrenatural: el cuerpo de María se elevó y avanzó hacia el centro del agua. Lo que habían ido a buscar estaba ante sus ojos, pero no quedaba al alcance de sus manos. No podían detener el movimiento ni recuperar a la mujer. La laguna recibió su cuerpo y lo dejó hundirse, cerrando la posibilidad del regreso que Jorge había esperado conseguir.
Desde entonces, según esta versión, el lugar quedó unido al nombre de María. La tradición añade que su sepultura y su presencia permanecen ligadas a las profundidades o a los alrededores del agua. Otros relatos cambian los detalles de la fiesta, del entierro y de la búsqueda, pero no necesitan combinarse para comprender este desenlace. La laguna conserva a una mujer que intentó comprar una seguridad imposible y entregó su propia vida en el intento.
Jorge había vuelto a casa, pero María ya no estaba allí para recibirlo. Ese contraste cierra la leyenda: la ausencia que despertó sus celos era pasajera; la ausencia provocada por el pacto se volvió definitiva. El relato pertenece al folclore, no a una explicación histórica comprobada del nombre del sitio. Su fuerza sigue estando en la misma escena: una puerta por la que el esposo regresa y una laguna desde la que la esposa no puede volver.
