Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
Nguemore tenía agua para beber, frutos para alimentarse y una cueva donde resguardarse. La tierra le ofrecía cuanto parecía necesario para continuar viviendo, pero cada jornada terminaba con el mismo silencio. Al regresar no había nadie con quien compartir lo encontrado ni una voz que respondiera a sus pensamientos. Cuentan los mazahuas que aquel hombre fuerte, protegido por el Sol, comenzó a buscar una compañera. No quería abandonar el mundo que lo sostenía. Quería aprender a habitarlo junto a otra persona.
Su búsqueda no encontró respuesta de inmediato. Vio a una mujer en un camino y la perdió entre la distancia; se acercó a otra y no fue correspondido. La fuerza que le permitía recorrer el territorio no bastaba para conseguir compañía. Tenía que encontrar a alguien que también quisiera permanecer con él. Siguió andando y un día vio a una joven junto al agua. Llevaba un cántaro de barro y realizaba una tarea conocida, sin imaginar todavía el lugar que ocuparía aquel encuentro en la memoria del valle.
Ella se llamaba Toxte. Hablaron, volvieron a encontrarse y comenzaron a reconocerse dentro de los caminos de cada día. La soledad de Nguemore no terminó por haberla alcanzado una sola vez, sino porque ambos decidieron compartir lo que viniera después. La tierra donde antes él recogía los frutos se convirtió en un espacio común. El agua tenía ahora el sonido de una conversación y la vuelta a la cueva dejaba de significar el regreso a un lugar sin respuesta.
El cántaro marcó al principio la duración de sus encuentros. Había que llenarlo, sostenerlo y volver con él antes de que otras tareas quedaran esperando. Nguemore aprendió que acompañar no consistía en prolongar a toda costa una conversación, sino en prestar atención al trabajo de Toxte y al momento en que necesitaba marcharse. Ella comenzó a reconocer su figura entre los caminos y a esperar sus palabras. El mundo que cada uno llevaba por separado fue adquiriendo lugares comunes. Donde antes sólo se recogía agua, podían recordar una primera conversación; donde antes él descansaba solo, empezó a imaginar espacio para otra persona.
Para establecer su casa, cuenta la tradición, colocaron piedras hacia el norte, el sur y el poniente. Mantuvieron libre el lado oriental, por donde llegaba el calor del Sol. La disposición expresaba la gratitud hacia la fuerza que hacía posible la vida. No cerraron el mundo a su alrededor: dejaron un espacio abierto para recibirlo. Desde allí comenzaron a ordenar la existencia compartida, aprendiendo a reconocer los elementos que los acompañaban y a trabajar la tierra de la que dependían.
El relato los muestra dando nombre a cuanto encontraban: el agua, la Luna, el fuego, los animales y el trabajo. Nombrar era una forma de acercarse al paisaje y de transmitirlo a quienes llegarían después. Aprendieron a cultivar el maíz, tuvieron hijos y vieron crecer a su alrededor la vida del pueblo mazahua. Las lluvias se sucedieron y las cosechas marcaron el paso de los años. Aquella abundancia ya no estaba hecha sólo de frutos y manantiales. Incluía las voces que Nguemore había echado de menos al principio.
En el trabajo de la tierra tenían que responder a lo que no podían mandar. Una jornada podía empezar con confianza y terminar con la mirada dirigida al cielo, esperando el agua o el calor oportunos. Los hijos aprendían observando: veían las manos de sus padres, repetían un nombre y luego encontraban en el paisaje aquello que acababan de nombrar. Nguemore escuchaba esas voces mientras realizaba tareas que antes había hecho en silencio. El fruto recogido ya no terminaba solamente en sus manos. Había que repartirlo y guardar algo para después, porque la casa tenía ahora muchas esperas que atender.
La vejez llegó también a Toxte. Enfermó y su fuerza fue disminuyendo hasta que murió. Nguemore volvió a encontrarse ante una soledad que ahora conocía otra medida. Había vivido acompañado y cada sitio guardaba una acción de los dos. El Sol, llamado Jyaru en esta versión, reconoció la tristeza y la gratitud de su protegido. La vida compartida no debía desaparecer sin dejar una presencia. Transformó a Toxte en una gran montaña, vinculada por el relato con el Nevado de Toluca.
Al regresar a los sitios de siempre, Nguemore encontraba pequeñas interrupciones. Una tarea le hacía esperar el gesto con que Toxte acostumbraba acompañarla; un cambio del tiempo le recordaba algo que ella habría señalado. Sus hijos podían hablarle y permanecer cerca, pero no responder por la ausencia de su madre. Caminó entre esas presencias incompletas sin encontrar un lugar donde el recuerdo pesara menos. Cuando el Sol convirtió a Toxte en montaña, su mirada tuvo por fin una dirección. No podía volver a conversar con ella como antes, pero podía levantar los ojos y saber hacia dónde llevar las palabras que todavía tenía para su compañera.
Nguemore emprendió entonces camino hacia el norte. La voz del Sol lo detuvo antes de que se alejara para siempre. Su compañera permanecería en el paisaje y él debía seguir cuidándola. También se convertiría en montaña. Así quedó ligado al cerro que hoy se reconoce en Jocotitlán, mientras al otro extremo del valle permanecía la figura de Toxte. La distancia no repetía la separación definitiva de la muerte: permitía que los dos continuaran mirándose a través del territorio de sus descendientes.
Por eso, cuando los habitantes levantan los ojos hacia el cerro, la leyenda encuentra algo más que una altura. Allí permanece Tata Nguemore, guardián de una memoria que empieza con la soledad y termina con una compañía extendida por el paisaje. Los hijos de aquella pareja continúan viviendo entre las montañas, trabajando la tierra y nombrando lo que ven. El Sol no devolvió a los amantes su casa primera. Les dio una permanencia desde la cual, según el cuento, todavía acompañan al pueblo que aprendió con ellos a reconocer el mundo.

