Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
El cerro guardaba algo que nadie había ido a buscar. Entre la vegetación, lejos del movimiento de los caminos principales, permanecía una pequeña imagen de la Virgen. La tradición decía que había llegado con los españoles y que, durante la retirada que siguió a la lucha en Tenochtitlan, alguien la ocultó para impedir que se perdiera. El escondite cumplió su propósito demasiado bien. Quienes continuaron la marcha dejaron atrás la imagen, y el tiempo fue separando aquel gesto del momento en que volvería a ser vista.
Los relatos no conservan de manera idéntica todos los nombres ni las fechas. Coinciden en vincular la pequeña escultura con las tierras de Naucalpan y con un habitante de San Juan Totoltepec llamado Juan, conocido también como Ce Cuauhtli. A él corresponde el hallazgo. No llegó como un enviado del antiguo propietario ni llevaba un mapa del escondite. La figura apareció dentro de su propio entorno, donde los caminos y los magueyes formaban parte de las tareas de cada día.
Encontrarla transformó la relación con aquel punto del cerro. Lo que parecía vegetación sin una señal especial se convirtió en un lugar de memoria y devoción. Juan reconoció en la pequeña imagen una presencia a la que debía atender y la llevó consigo. El tamaño permitía trasladarla con facilidad: cabía entre las manos y podía guardarse en una casa. Parecía natural que el sitio del hallazgo quedara atrás una vez que la Virgen estuviera protegida de la intemperie.
El hallazgo obligaba a decidir cómo llevar algo tan pequeño sin tratarlo como una cosa cualquiera. Juan miró la imagen y el espacio que acababa de descubrir entre las plantas. Si la dejaba allí, volvería a quedar expuesta; si la recogía, tendría que encontrarle un lugar limpio y digno. El camino de vuelta se convirtió en la preparación de esa acogida. Imaginó dónde ponerla y cómo contar a los suyos lo que había encontrado. La figura cabía en sus manos, pero la noticia parecía mayor que el gesto de recogerla. Al salir del cerro no esperaba que tuviera que hacer el mismo trayecto de nuevo.
Pero el relato asegura que la imagen no permaneció donde la habían puesto. Cuando fueron a verla, faltaba. La preocupación llevó a buscar por los sitios conocidos hasta que regresaron al cerro. Allí estaba otra vez, en el lugar donde había aparecido. El regreso no podía explicarse como el movimiento ordinario de una escultura. Alguien tenía que haberla llevado o, dentro de la interpretación devota, ella misma había señalado una voluntad que sus cuidadores no habían comprendido.
La primera ausencia hizo que revisaran la casa antes de pensar en otra cosa. El sitio elegido estaba vacío y no había una explicación inmediata para el cambio. Se miraron entre sí, repasaron las visitas y preguntaron si alguien la había movido para protegerla mejor. Cuando la búsqueda condujo otra vez al cerro, el hallazgo resultó casi más difícil de comprender que la desaparición. Allí estaba la imagen, situada donde habían creído rescatarla. El terreno no guardaba una nota ni una indicación. La respuesta tenía que deducirse del viaje que parecía haberse cumplido sin que ninguna persona reconociera haberlo hecho.
La trasladaron nuevamente. Era difícil aceptar que una figura tan pequeña pudiera decidir su propio destino, y las personas intentaron conservarla donde creían que estaría mejor atendida. Sin embargo, la ausencia volvió a repetirse. La Virgen regresaba al lugar de su hallazgo como si la distancia entre la casa y el cerro no existiera para ella. Cada intento de retenerla producía una nueva búsqueda y daba más fuerza a una conclusión que terminó por imponerse: no era el cuidado lo que rechazaba, sino el sitio elegido para ofrecérselo.
Preparar un nuevo traslado ya no podía hacerse con la despreocupación del primero. Había que mirar el lugar de llegada, recordar la posición de la figura y comprobar después que siguiera allí. La vigilancia convertía cada amanecer en una pregunta. Al descubrir otro regreso al monte, los cuidadores empezaron a considerar que no estaban perdiendo la imagen por descuido. Quizá estaban insistiendo en llevarla donde ella no quería estar. Esa idea cambió el sentido de la búsqueda: dejaron de preguntar solamente cómo había salido y comenzaron a preguntarse qué debían hacer para acompañarla en el sitio al que volvía.
Decidieron entonces construirle una ermita en la elevación. La respuesta de la comunidad cambió de dirección. Ya no intentaría llevar la presencia hacia sus espacios habituales; sería la gente la que acudiría a encontrarla en el lugar que la narración consideraba elegido. El cerro de Otoncalpulco quedó así vinculado con una casa de oración y con los pasos de quienes subían para pedir ayuda o agradecerla. El pequeño escondite dio origen, dentro del cuento, a un destino compartido.
La imagen recibió el nombre de los Remedios y su devoción creció. Los viajeros podían escuchar historias de su protección y de los recorridos que la llevaban fuera de su santuario. El motivo del regreso expresaba un vínculo que los traslados no conseguían romper. Aunque la llevaran a lugares más poblados, la memoria seguía conduciéndola hacia Naucalpan y hacia el cerro donde un hombre del pueblo había vuelto a encontrarla.
Por eso la leyenda no termina simplemente cuando se levanta un edificio. Termina cuando las personas aprenden a reconocer un lugar que antes no miraban del mismo modo. La escultura, silenciosa y pequeña, parece haber comunicado su voluntad mediante la ausencia: faltaba en una casa para reaparecer en el cerro. La tradición convirtió esos regresos en la explicación devocional de un santuario real. Las fechas y los documentos pertenecen a la historia de su culto; el camino repetido de la Virgen pertenece al relato que todavía permite imaginar por qué tantas personas comenzaron a caminar hacia ella.

