Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
La ermita parecía haber quedado fuera de la vida del pueblo. La lluvia entraba por sus partes dañadas y el abandono había alcanzado cuanto antes se cuidaba dentro. Cuentan que una epidemia dejó Tecaxic casi despoblado y que los últimos habitantes terminaron marchándose. La imagen de la Virgen permaneció en su lugar, expuesta al deterioro. Nadie podía esperar de aquel recinto una ceremonia: faltaban las personas que habrían encendido las velas, ordenado el altar y llenado de voces el pequeño espacio.
Un viajero sorprendido por un aguacero buscó refugio allí. Era Antonio de Sámano y Ledezma, según la tradición escrita. Se acercó esperando encontrar un sitio seco, pero el agua caía dentro casi tanto como afuera. La capilla no podía cumplir siquiera la función de amparar a quien pasara. Entonces observó la imagen. El agua escurría sobre ella y, pese a la fragilidad de sus materiales, todavía podía reconocerse. Aquella resistencia le pareció extraordinaria y comenzó a contarse como una señal de que el abandono no había dejado sola a la Virgen de la manera que parecía.
Sámano se quedó mirando el lugar que había escogido para guarecerse. En el suelo, el agua reunía polvo y fragmentos del edificio; sobre las paredes podía seguirse el avance de la humedad. Apartó la vista hacia el camino, calculando cuánto tardaría en disminuir el aguacero, y volvió después al altar. Entre tantos signos de deterioro, la figura conservada parecía sostener una presencia que no correspondía al resto. Al salir no llevaba una reparación que ofrecer ni una respuesta segura sobre lo ocurrido. Llevaba una imagen que podía describir a otros, y que haría volver la atención hacia la ermita.
Tiempo después, dos hombres de Toluca llegaron a las cercanías con una intención muy diferente. Una disputa amorosa los había llevado al desafío. Eligieron la parte posterior de la ermita porque podían encontrarse lejos de quienes intentarían detenerlos. Cada uno había alimentado su agravio hasta convertir la presencia del otro en algo intolerable. La distancia de la ciudad y el silencio del cerro parecían ofrecerles el escenario necesario para resolverlo con las armas.
Ya estaban enfrentados cuando comenzó una música. No era el sonido de un caminante ni el rumor del viento entre las partes rotas del techo. La melodía tenía un orden que ninguno esperaba escuchar allí. Los hombres suspendieron el movimiento. Al principio pudieron creer que había comenzado una ceremonia sin que ellos la advirtieran, pero la capilla era conocida por su abandono. La música parecía venir precisamente de aquel interior que habían considerado vacío.
La primera reacción de los rivales fue buscarse los ojos. Cada uno necesitaba saber si el otro escuchaba lo mismo. La mano que antes había estado pendiente del arma perdió firmeza; atender a la melodía exigía dejar de atender al agravio. Ninguno quiso ser el primero en admitir el desconcierto y ninguno pudo continuar el desafío como si aquel sonido no existiera. Avanzaron despacio, guardando todavía la distancia aprendida durante su enemistad. Cuando alcanzaron la puerta, ya no se vigilaban con la misma intención. Esperaban encontrar dentro a alguien que les explicara por qué habían tenido que detenerse allí.
Se acercaron juntos. El enemigo que unos instantes antes tenían delante caminaba ahora a su lado, buscando el origen del mismo prodigio. Al entrar no encontraron músicos. No había una reunión oculta ni personas capaces de explicar lo que habían oído. Estaba la imagen, sola en el altar. La ausencia de ejecutantes volvió más fuerte la impresión de que la melodía los había llamado para impedir lo que estaban a punto de hacer detrás de la ermita.
Miraron los rincones donde podría ocultarse una persona y el espacio desde el que habría sonado un instrumento. El silencio no les dio una respuesta. Uno bajó el arma y el otro lo imitó, sin que mediara una orden. Habían llegado para obligar al contrario a ceder; ahora los dos estaban cediendo ante una pregunta compartida. La disputa les había parecido enorme durante el camino, pero dentro de la capilla no encontraron cómo volver a pronunciarla. Permanecieron ante la Virgen, escuchando lo que ya no sonaba y recordando que, unos momentos antes, cualquiera de ellos podía haber dejado al otro tendido junto a aquellos muros.
La tradición cuenta que dejaron las armas a sus pies. El desafío perdió su motivo ante una experiencia que ninguno podía comprender por separado. Habían llegado para destruirse y salieron reconciliados. La misma capilla cuya soledad había facilitado el encuentro terminó haciendo imposible que continuaran con él. La noticia corrió y dio otro sentido a los sonidos que algunas personas aseguraban haber escuchado al pasar por el cerro.
Entre ellas se recuerda a Pedro Millán Hidalgo, viajero frecuente entre Toluca y otras poblaciones del valle. Oía música y, en ocasiones, veía resplandores. Cuando se acercaba para descubrir quién estaba dentro, encontraba el recinto desierto. Comenzó a llevar velas y a encenderlas durante sus pasos. La curiosidad inicial se convirtió en una forma de cuidado: donde no aparecían los músicos que esperaba encontrar, él dejaba una luz que otras personas podían reconocer al llegar.
Así volvió a tener presencia en la memoria una ermita que parecía destinada a desaparecer. Sus muros no se habían reparado por sí solos y la epidemia no quedaba borrada, pero el relato transformó el silencio del lugar. Ya no significaba únicamente abandono. Podía guardar una música que detenía una pelea o conducía a un viajero hacia el altar. La Virgen de Tecaxic quedó asociada con esos encuentros: una imagen que permaneció cuando faltaba el pueblo y que, según la leyenda, comenzó a reunirlo otra vez sin pronunciar una sola palabra.

