Las brujas de San Pancho: el rumor que llenó la plaza
LA MEMORIA QUE SIGUE VIVA

Las brujas de San Pancho: el rumor que llenó la plaza

San Francisco del Rincón, Guanajuato

Guanajuato·San Francisco del Rincón

No todas las leyendas de brujas empiezan con una escoba que vuela. Algunas comienzan con un rumor que atraviesa un pueblo más deprisa que cualquier viajero. En San Francisco del Rincón, una historia sobre dos mujeres acusadas de hechicería quedó unida a la vida del mercado. Su poder no estaba solamente en lo que supuestamente podían hacer ellas, sino en lo que los demás estaban dispuestos a creer.

El relato se sitúa entre el final de 1845 y el comienzo del año siguiente. San Francisco buscaba fortalecer su comercio, mientras parte de los habitantes acudía a vender y comprar a Purísima. Tener una plaza animada significaba algo más que recibir visitantes. Era conservar intercambios, oportunidades e influencia dentro del propio pueblo. Un mercado sin gente podía expresar una dependencia que sus autoridades deseaban cambiar.

En ese contexto aparece José Atanasio Guerrero, asociado en la tradición con la autoridad municipal. Se habría convocado a los vecinos para que acudieran a comerciar a San Francisco. La instrucción era clara, pero una orden no siempre consigue lo que consigue una curiosidad. Y pronto circuló una noticia capaz de llamar la atención de personas que quizá no habrían cambiado su rutina por una simple convocatoria.

Dos mujeres del barrio de La Cebolleta, conocidas en esta versión como Antonia Lomena y Jacinta Parra, habrían sido sorprendidas practicando hechicería. El rumor anunció que serían exhibidas y castigadas públicamente. Nadie necesitaba haber visto una ceremonia para repetirlo. Bastaba escuchar que otros lo aseguraban y pensar que una escena extraordinaria estaba a punto de ocurrir en la plaza.

La noticia avanzó por casas y caminos. Algunos la recibían con temor, otros con incredulidad y muchos con la intención de presenciar el acontecimiento. Las acusadas dejaron de ser mujeres con una vida propia para convertirse, dentro de las conversaciones, en las brujas que todos querían ver. El cuento muestra cómo una etiqueta puede llegar antes que cualquier explicación de los hechos.

El día señalado llegaron comerciantes y curiosos. Los puestos se instalaron, las mercancías encontraron compradores y la plaza empezó a llenarse. Quien había ido por el supuesto castigo podía comprar algo, encontrarse con un conocido o descubrir que el intercambio era posible sin desplazarse a otra población. Mientras las miradas aguardaban una escena de miedo, el mercado adquiría la actividad que antes le faltaba.

En la variante que presenta todo como una estratagema, la quema anunciada no se realizó. La promesa había servido para reunir a la multitud. El castigo se fue aplazando y, según esta variante, después se exhibió a las mujeres con atributos de supuesta hechicería, pero no fueron quemadas. Lo que se había difundido como amenaza terminó explicándose como una maniobra para dar fuerza al comercio local. El desenlace desplaza el centro de la leyenda: no demuestra la existencia de poderes mágicos, sino la capacidad de un rumor para mover a un pueblo entero.

Otras representaciones prefieren desarrollar una persecución de brujas y el ambiente de sospecha que la rodea. En todas, San Pancho conserva un vínculo con esas figuras. Con los años, los nombres y los detalles cambiaron, pero la historia siguió contándose como parte de la identidad local. El miedo antiguo terminó transformado en teatro, memoria y conversación.

Así, la leyenda permite mirar la plaza de dos maneras. Una ve el escenario de un supuesto castigo sobrenatural. La otra reconoce un lugar donde la curiosidad reunió a la comunidad y alteró sus costumbres comerciales. Entre ambas queda una pregunta que sigue vigente: quién gana cuando una acusación se repite y quién puede perder su nombre verdadero bajo el nombre que le ponen los demás.

El lugar y sus versiones

Se desarrolla la variante comercial vinculada con la convocatoria de 1845–1846, no una quema documentada de mujeres. Las fuentes y escenificaciones locales cambian las circunstancias y los nombres. El relato no afirma que las acusadas practicaran hechicería ni trata las acusaciones populares como prueba. Su referencia municipal es San Francisco del Rincón.

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