Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
La fuente era un lugar para conseguir agua y también para enterarse de lo que sucedía en Tapalpa. Quien llegaba con un recipiente podía encontrar conversación, noticias y comentarios que se prolongaban más de lo que exigía llenar un cántaro. Entre las personas que acostumbraban reunirse allí, la leyenda recuerda a cuatro comadres. El agua corría mientras ellas repasaban la vida del pueblo, y a menudo el nombre de alguien que no estaba presente ocupaba el centro de la charla.
Las reuniones se volvieron una costumbre. Al encontrarse, cada una podía añadir un detalle a lo que las demás habían escuchado. Una sospecha recibía otra sospecha; una historia incompleta encontraba una conclusión que parecía convincente porque todas estaban dispuestas a repetirla. Los ausentes no podían defenderse ni explicar lo que había ocurrido. En torno a la pila, sin embargo, la conversación avanzaba como si observar desde fuera fuera suficiente para conocer por completo la vida de los vecinos.
Una dejaba el recipiente en el borde de la fuente para tener las manos libres; otra demoraba la vuelta a casa porque todavía no había escuchado el final. De vez en cuando una persona pasaba cerca y las cuatro modificaban el tono hasta verla alejarse. Luego retomaban la conversación donde la habían interrumpido. Las historias circulaban con más rapidez que el agua de los cántaros. Cuando una comadre dudaba de un detalle, no siempre lo descartaban: buscaban otro que lo hiciera más convincente. La charla reunía sus voces, pero en los relatos de quienes salían perjudicados se convertía en una presencia difícil de detener.
Un día se acercó Macario, un hombre otomí al que esta versión atribuye conocimientos extraordinarios. Escuchó de qué hablaban y les pidió que dejaran de hacer daño mediante los comentarios. No discutía el derecho a reunirse junto a la fuente. Les advertía sobre la facilidad con que una palabra pronunciada sin cuidado podía convertirse en una herida para alguien que ni siquiera sabía que se estaba hablando de él.
Macario no necesitó escuchar todo para entender el rumbo de la conversación. Se quedó a una distancia desde la que podían oírlo sin que tuviera que levantar demasiado la voz. Las mujeres se volvieron, primero sorprendidas por la interrupción y después molestas de que alguien pusiera atención a lo que consideraban suyo. Él les pidió pensar en las personas de las que hablaban. La advertencia no ofrecía un espectáculo a los que pasaban: todavía podía haber terminado con las cuatro recogiendo sus recipientes y continuando el día. Pero ninguna quiso ser la primera en admitir que había motivo para callarse.
Las mujeres respondieron con burla. La advertencia interrumpía una costumbre que consideraban suya y procedía de alguien a quien no querían reconocer autoridad sobre ellas. Pudieron haber guardado silencio mientras él se alejaba, pero el cuento las hace continuar. La conversación regresó sobre las personas ausentes y también sobre el propio Macario. El hombre que pedía detener los comentarios pasó a ser otra figura disponible para ellos.
Entonces, asegura la leyenda, Macario pronunció unas palabras en su lengua. No se conserva aquí una fórmula que pueda repetirse como si fuera un procedimiento real. La narración se detiene en el efecto. Las cuatro comadres empezaron a moverse de una manera que ninguna había elegido. La charla quedó interrumpida y los cuerpos perdieron la firmeza con que habían permanecido junto al agua. Lo que unos instantes antes era una reunión habitual se convirtió en una transformación imposible.
Las comadres intentaron apartarse del borde, como quien busca terminar una discusión alejándose de su interlocutor. El cuerpo no respondió de la manera esperada. Una mano buscó sostenerse y perdió la forma con que podía aferrar el recipiente; otra mujer trató de llamar a sus compañeras mientras el cambio le robaba el gesto. Ya no pudieron reunirse para completar una frase ni volver la cabeza con la facilidad de antes. La fuente, testigo de tantas palabras ligeras, las vio ocupar el suelo con unas formas que no habían escogido. Macario no tuvo que perseguirlas. La transformación alcanzó a cada una en el mismo sitio donde habían decidido continuar la burla.
Sus formas se alargaron y cambiaron hasta parecer culebras. La ligereza de la palabra dio paso a un cuerpo que debía arrastrarse. Después llegó la inmovilidad: las serpientes quedaron convertidas en piedra. Ya no podían marcharse de la fuente ni terminar una frase sobre los vecinos. El lugar que habían elegido para hablar guardaría, según el cuento, una figura permanente de quienes se habían negado a escuchar.
El agua continuó corriendo. Otras personas llegaron a llenar sus recipientes y encontraron las formas que desde entonces se relacionarían con las comadres. Para explicar las culebras, los narradores volvieron a la advertencia de Macario y al momento en que la burla pareció no tener consecuencias. La pila conservó un nombre nuevo y una historia que transformó la conversación cotidiana en asunto de cuidado. Quien se acercaba no encontraba únicamente una fuente, sino el final de una reunión que la leyenda había dejado detenida para siempre.
Así se sigue contando el origen de la Pila de las Culebras de Tapalpa. Quienes llegan a recoger agua pueden ver las formas y detenerse a escuchar la historia de las mujeres que no quisieron atender la advertencia. Los mayores recuerdan entonces que hablar de alguien ausente parece fácil porque no puede responder, hasta que una voz interrumpe la costumbre y obliga a escuchar lo que se está haciendo. Las cuatro comadres, que siempre tenían algo que decir, permanecen en la leyenda sin poder pronunciar la última palabra.

