La Matlazihua y el camino de los huizaches
LA MEMORIA QUE SIGUE VIVA

La Matlazihua y el camino de los huizaches

Heroica Ciudad de Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca

Oaxaca·Heroica Ciudad de Miahuatlán de Porfirio Díaz

Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.

La reunión se había prolongado hasta que las voces de la fiesta parecían más cercanas que los ruidos de la calle. El hombre salió creyendo que conocía bien el regreso. Había recorrido aquellas esquinas muchas veces y no esperaba encontrar en ellas nada que pudiera sorprenderlo. Sus pasos todavía llevaban el desorden de las copas y de la conversación. La casa lo aguardaba en una dirección conocida, pero aquella noche no llegó a tomarla.

Antes de apartarse de la reunión había respondido a las últimas bromas y hecho un gesto de despedida. La calle lo recibió con una quietud que contrastaba con el interior. Se ajustó la ropa y dejó pasar un instante para orientarse. Reconocía el rumbo, pero no tenía la atención fija en él. Todavía repetía en la cabeza alguna conversación de la fiesta. Por eso la aparición de la mujer pudo ocupar de inmediato el espacio que había quedado libre entre su intención de volver y el primer paso decidido hacia casa. La miró pensando en una coincidencia nocturna, no en una advertencia que debiera recordar.

A poca distancia apareció una mujer vestida de blanco. Caminaba sola y su figura resaltaba entre las sombras. El hombre se detuvo. No había oído llegar a nadie y, sin embargo, allí estaba aquella presencia alejándose con una tranquilidad que despertó su curiosidad. Quiso mirarle el rostro. Dio algunos pasos y pensó que podría alcanzarla antes de la siguiente esquina. La mujer no lo llamó, aunque cada uno de sus movimientos parecía dejar abierta la posibilidad de acercarse.

El blanco del vestido hacía que sus ojos encontraran a la mujer aun cuando otras formas se mezclaban con la sombra. Intentó apresurarse sin parecer que corría detrás de ella. Si alcanzaba la siguiente vuelta antes de que desapareciera, pensó, podría saludar y entender quién era. La figura adelantaba el paso lo suficiente para conservar la distancia. Él no reparó en que estaba aceptando un ritmo que no había escogido. Cada breve aparición resolvía sólo una duda —seguía allí— y abría otra: por qué no lograba acercarse si parecía avanzar tan despacio. La pregunta lo mantuvo andando cuando ya debía haberse vuelto.

Él siguió andando. Cuando creía reducir la distancia, ella avanzaba un poco más. La tela blanca volvía a aparecer donde el camino doblaba o donde las sombras se juntaban. El hombre dejó de pensar en su casa. La atención se le fue cerrando alrededor de aquella figura hasta que no escuchó nada con tanta claridad como el deseo de verla de frente. Le habló, pero no obtuvo una respuesta que lo hiciera detenerse ni una que resolviera el misterio.

Atravesaron las últimas calles. Los lugares que durante el día habrían servido para reconocer el rumbo dejaron de tener importancia para él. Sólo procuraba no perder de vista el vestido. El pueblo fue quedando atrás y el terreno empezó a cambiar bajo sus pies. Lo que antes era un trayecto de regreso se había transformado en una persecución sin acuerdo y sin destino conocido. La mujer seguía adelante como si supiera exactamente adónde llevarlo.

La mujer no se detuvo para esperar una respuesta ni miró atrás con la claridad que él deseaba. El hombre empezó a caminar atendiendo más al cuerpo distante que al suelo. Un tropiezo lo obligó a recuperar el equilibrio y luego continuó, molesto por haber perdido un poco de terreno. Las últimas referencias del pueblo quedaron a sus espaldas sin que las contara como un límite. La oscuridad ya no estaba repartida entre muros conocidos: se extendía alrededor de los pasos. Aun así, la blancura seguía ofreciendo una dirección aparente, suficiente para que creyera estar llegando a alguna parte mientras se alejaba de todo lo que podía reconocer.

El encanto se rompió con el dolor de las espinas. El hombre había entrado entre huizaches y los raspones lo hicieron volver de golpe a su cuerpo. Levantó los brazos para librarse de las ramas y buscó a la mujer. Ya no había nadie. El vestido que había guiado todo su recorrido desapareció sin un ruido de despedida. A su alrededor sólo encontró oscuridad, plantas y un terreno del que no recordaba haber querido acercarse.

Intentó reconstruir el camino. Las esquinas, la primera aparición y las veces que había tratado de alcanzarla regresaron a su memoria como partes de un sueño. No sabía en qué momento había dejado de decidir sus pasos. Tardó en hallar una salida que le permitiera volver hacia las casas. Cuando finalmente recuperó un rumbo reconocible, la confianza de la salida se había convertido en temor. No había encontrado a una compañera de camino, sino una presencia capaz de hacerlo olvidar el suyo.

Se quedó quieto para escuchar. Esperaba oír los pasos de la mujer y no encontró ninguno. La respiración le parecía demasiado fuerte en medio del silencio. Al tocar la ropa sintió los enganches de las ramas y tuvo que soltarla despacio para no lastimarse más. Sólo entonces volvió a pensar en la fiesta y en la puerta de su casa. Entre esos dos puntos conocidos había ahora un trecho que no sabía reconstruir. Buscó hacia dónde se abría el terreno, eligió una dirección y volvió a detenerse antes de seguir. Cada paso de regreso debía recuperar la atención que había entregado sin darse cuenta a una figura cuyo rostro nunca había visto.

Al contarlo escuchó el nombre que otros ya conocían: la Matlazihua. En Miahuatlán se decía que aparecía a hombres que andaban solos de noche y los alejaba hasta dejarlos perdidos. Algunos relatos terminan con un regreso lastimado y confuso; otros guardan desenlaces más oscuros. En éste, el hombre pudo volver y la mujer permaneció sin rostro. La historia acaba cuando él llega a las primeras casas, mientras detrás queda el camino de los huizaches y la blancura que, desde lejos, había parecido tan fácil de alcanzar.

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