Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
Los ancianos que lo encontraron no podían saber cuánto cambiaría su vida aquel hallazgo. En la tradición mixe, el nacimiento de Condoy está unido a un huevo del que salió un niño y a otro del que nació una serpiente. Ambos pertenecían a un mundo donde los vínculos familiares podían extenderse más allá de la forma humana. El niño creció con una fuerza que lo distinguía de los demás y, con el tiempo, se convirtió en defensor de su pueblo.
Los ancianos recibieron al niño como una vida que necesitaba cuidados antes de convertirse en un protector. Su fuerza creció dentro de una casa donde había que atenderlo, reconocer sus cambios y aprender a convivir con lo extraordinario de su origen. La serpiente pertenecía a esa misma memoria, separada por la forma y unida por el nacimiento. Cuando los narradores recuerdan al rey poderoso, vuelven también a ese comienzo. Antes de que otros lo buscaran para defender la tierra, dos personas habían tenido que inclinarse sobre lo que encontraron y decidir no dejarlo abandonado. La protección que más tarde ofrecería había empezado por ser recibida.
Condoy aprendió a recorrer montañas y a enfrentarse a quienes amenazaban sus tierras. Las noticias de sus acciones lo fueron haciendo más grande que un hombre común. Para quienes contaban su historia, representaba una protección que no dependía de la llegada de ayuda ajena. Su pueblo tenía un defensor propio, capaz de moverse con la firmeza de quien conoce el terreno y reconoce como suya la responsabilidad de cuidarlo.
Un día se dirigió a Mitla. Quería levantar allí una obra que afirmara su presencia antes de que otro poder ocupara el lugar. La construcción avanzaba durante la noche. Entre la oscuridad y el esfuerzo, cada piedra parecía acercarlo al resultado que buscaba. Trabajar hasta terminar era una manera de adelantarse al tiempo. Pero antes de que la obra quedara concluida se escuchó el canto de un gallo.
La oscuridad permitía concentrarse en una tarea que parecía crecer con la misma rapidez que el esfuerzo. Condoy miraba el lugar todavía abierto y podía imaginar la obra completa antes del canto de las aves. Cada piedra colocada volvía menos posible pensar en la retirada. No había ido para dejar una señal pequeña de su paso, sino para adelantarse al poder que amenazaba con ocupar el sitio. Por eso el sonido del gallo le llegó sobre una voluntad ya comprometida. La interrupción no encontró un trabajo apenas empezado. Encontró manos dispuestas a continuar y tuvo que ser reconocida como algo más fuerte que el deseo de terminar.
El sonido lo hizo detenerse. Condoy lo tomó como una señal que no debía ignorar. Dejó atrás los palacios sin terminar y emprendió otro camino. La voluntad que había reunido para construir no borraba el aviso recibido. En lugar de discutir con él, aceptó interrumpir su obra. La tierra conservaría las formas incompletas mientras el rey seguía su recorrido hacia el valle, acompañado ahora por el cansancio de la marcha y del trabajo.
Al marcharse llevaba consigo el cansancio de lo levantado y el peso de dejarlo incompleto. Volver la cabeza podía mostrarle cuánto faltaba, pero no cambiar la señal escuchada. El bastón acompañaba sus pasos y respondía a cada apoyo con la firmeza conocida. Mientras el camino lo alejaba de Mitla, la obra iba quedando convertida en recuerdo. Lo que todavía podía decidir era dónde descansar antes de continuar. La tierra del Tule se abrió ante él como una pausa en el recorrido. No llegó anunciando que iba a plantar un árbol. Llegó con la necesidad sencilla de descargar el cuerpo y detener un momento la marcha.
Al llegar al lugar que hoy se llama Santa María del Tule, se sentó a descansar. Llevaba un bastón que lo había acompañado en el camino. Lo clavó en la tierra para tenerlo cerca y dejó reposar el cuerpo. Aquel gesto no parecía distinto del que puede hacer cualquier caminante al detenerse. Sin embargo, la madera comenzó a retoñar. Lo que había servido de apoyo a una mano empezó a buscar en el suelo una vida propia.
El primer brote hizo que el descanso adquiriera otra atención. La madera que había sostenido sus pasos estaba cambiando allí mismo, al alcance de sus ojos. Condoy podía reconocer el bastón y, al mismo tiempo, ver que dejaba de pertenecer a su mano. Tirar de él para seguir el viaje habría interrumpido la vida que acababa de comenzar. Lo dejó afirmarse. El caminante tendría que marcharse con una ausencia entre sus apoyos; el lugar conservaría una presencia nueva. Cuando se levantó, el bastón ya no esperaba acompañarlo. Era él quien debía apartarse para permitir que las raíces continuaran un camino bajo la tierra.
Condoy contempló el bastón convertido en brote y lo dejó allí. La señal de su paso ya no sería una huella que pudiera borrar la lluvia, sino un árbol capaz de crecer cuando él se hubiera marchado. Después volvió hacia las montañas mixes. La tradición dice que no murió como los otros hombres: permanece oculto en su territorio, unido a la esperanza de que un protector pueda seguir existiendo aunque nadie lo vea caminar entre las casas.
El árbol quedó creciendo en el Tule. Con cada nueva rama, la leyenda mantuvo el vínculo entre la madera viva y el rey ausente. Mientras el árbol permanezca, dicen los narradores, Condoy continúa con vida; cuando se seque, se sabrá que también él ha terminado su tiempo. Así concluye su descanso sin concluir del todo su historia. El rey se retira, el bastón se queda y los que miran el árbol vuelven a imaginar al caminante que lo clavó en la tierra antes de regresar a su montaña.

