El gallo que sigue llamando en Manialtepec
LA MEMORIA QUE SIGUE VIVA

El gallo que sigue llamando en Manialtepec

Villa de Tututepec, Oaxaca

Oaxaca·Villa de Tututepec

Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.

En un islote de la laguna de Manialtepec vivía un hombre cuyo oficio lo llevaba a internarse entre las aguas y los manglares. Era cazador de cocodrilos, según dice la leyenda, y conocía los movimientos de un paisaje que podía pasar de la quietud al peligro en muy poco tiempo. Su casa no tenía alrededor las voces de un pueblo. La acompañaban el agua, el viento entre las plantas y el canto de un gallo al que había tomado gran afecto.

El ave participaba de su rutina de una manera sencilla y persistente. Cuando el hombre preparaba la salida, el gallo lo despedía con su canto. El cazador se alejaba y la voz quedaba atrás, unida a la pequeña porción de tierra a la que tendría que regresar. Durante la jornada podía ocuparse de las señales del agua y de los riesgos del oficio. Al volver, encontraba otra vez el alboroto del animal, como si la llegada mereciera ser anunciada a toda la laguna.

Antes de alejarse, el cazador atendía a las cosas pequeñas que dejaba detrás. El gallo se movía por un espacio conocido y volvía la cabeza hacia los preparativos. El hombre podía oírlo mientras se disponía a partir, distinguir su voz de las otras aves y volver por un momento la mirada a la isla. Al avanzar sobre el agua, esa presencia iba haciéndose más pequeña sin dejar de pertenecerle. La jornada no comenzaba en un silencio completo. Salía acompañado durante los primeros tramos por el recuerdo de un canto que recibiría después otra respuesta cuando el trabajo le permitiera tomar el camino de regreso.

La repetición hizo de aquellos cantos una conversación sin palabras. El hombre sabía qué iba a escuchar al salir y el gallo aprendió a esperar su vuelta. No hacía falta que hubiera otras personas para que la isla conociera una bienvenida. Entre la partida y el regreso se extendía el trabajo; entre el canto de la mañana y el del retorno, una confianza que parecía suficiente para sostener el pequeño mundo de ambos.

La vuelta empezaba a sentirse antes de tocar tierra. Al reconocer la cercanía de la isla, el hombre levantaba los ojos buscando el pequeño movimiento del ave. El gallo podía agitarse y anunciarlo cuando todavía no había terminado de llegar. Ese recibimiento no preguntaba si la faena había salido bien ni si llevaba algo suficiente para justificar el esfuerzo. Bastaba con que apareciera. Por eso el cazador encontraba allí un descanso distinto del que podía ofrecerle quedarse quieto un momento en el trabajo. La isla era su casa porque alguien parecía conocer el momento de su partida y esperar el instante en que volvía a pertenecer al lugar.

Llegó un veinticuatro de diciembre. El cazador salió como otras veces y el gallo volvió a despedirlo. Nada en aquel sonido anunciaba una diferencia. El agua recibió al hombre y las plantas fueron ocultando el rumbo que tomaba. En la isla quedaron las señales de una salida habitual: el espacio ocupado unas horas antes, los ruidos del ave y la espera de una figura que debía reaparecer cuando terminara su faena.

El ave siguió con la mirada el punto por el que el hombre se había perdido. Después volvió a moverse entre las plantas del islote, ocupada en su propio mundo de ruidos y alimento. El tiempo de la espera no tenía para ella la cuenta que podían darle los habitantes de tierra firme. Había luz, variaciones del agua y una dirección de donde solía venir la compañía. Mientras todo conservó esa apariencia, no tuvo motivo para esperar un final diferente. La Nochebuena que los pueblos reconocían con sus reuniones transcurría en la isla como otra jornada partida en dos: la salida ya había ocurrido y el regreso todavía estaba por llegar.

Pero el hombre encontró la muerte al enfrentarse con un cocodrilo, cuenta la tradición. No pudo regresar ni hacer llegar a su compañero una despedida distinta. El gallo siguió esperando. Cuando un ruido semejaba el principio de una llegada, levantaba la atención hacia el agua. La tarde terminó, la noche ocupó el islote y el cazador no apareció. La bienvenida preparada quedó sin destinatario.

Pasaron los días y el ave continuó mirando hacia los lugares por donde su dueño solía volver. Nadie podía explicarle que la ausencia ya no era un retraso. El canto dejó de ser la celebración de un retorno para convertirse en una llamada. Con el tiempo, el gallo también murió en la isla. El paisaje volvió a quedar sin las dos presencias que habían hecho de aquel lugar una casa, aunque los habitantes de la región conservaron la historia.

El primer canto sin respuesta pudo parecerse a los de siempre. El gallo lo repitió orientado hacia el agua y esperó el movimiento que acostumbraba seguirlo. No apareció la figura del hombre. Con cada jornada, los lugares conocidos conservaron más silencio. El ave podía recorrerlos, detenerse donde lo había visto trabajar o atender a un sonido lejano, pero ninguno de esos gestos abría el regreso. La espera del relato se vuelve dolorosa precisamente porque no tiene una explicación que alcance al animal. Mientras en otros sitios se habría podido contar la muerte y reunir a los que la lamentaban, allí quedaba un compañero llamando sin saber por qué ya no le contestaban.

Desde entonces se dice que en la medianoche de Nochebuena vuelve a escucharse un gallo en el islote. Los pescadores reconocen en ese canto la espera que no encontró su final. No anuncia el día ni recibe una embarcación que ya se vea llegar: llama al cazador que salió una vez y no pudo volver. Así concluye el relato de la Isla del Gallo, ligado a las comunidades de Manialtepec. El agua conserva su movimiento y el ave recupera una voz cada año, suficiente para seguir preguntando por el hombre que había sido su única compañía.

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