La pastora, el cascabel y la laguna de Aljojuca
LA MEMORIA QUE SIGUE VIVA

La pastora, el cascabel y la laguna de Aljojuca

Aljojuca, Puebla

Puebla·Aljojuca

Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.

La niña conocía los movimientos de su rebaño mejor que las palabras con que otros pudieran describirlos. Mientras los animales pastaban cerca de la barranca, distinguía a los que se quedaban juntos y al que prefería apartarse. Su tarea parecía repetirse cada día: salir, vigilar, reunirlos y regresar antes de que la oscuridad hiciera difícil el camino. Precisamente por conocer esa rutina advirtió la primera ausencia. Al contar sus borregos para volver, faltaba uno.

La pastora repasó el rebaño por segunda vez antes de empezar a buscar. No quería dejarse llevar por un error de la primera cuenta. Los animales que tenía delante continuaban ocupados en cosas pequeñas, ajenos a su preocupación. La niña se movió hasta mirar detrás de unos y luego de otros, buscando el lomo que faltaba. Tuvo que decidir cuánto podía alejarse sin perder de vista a los demás. El trabajo que conocía le pedía resolver dos cuidados al mismo tiempo: encontrar al extraviado y conservar juntos a los que todavía estaban allí. La tarde empezó a hacerse corta en cuanto comprendió que no podía volver sin intentarlo.

Lo buscó entre los sitios donde solía encontrarlo. Llamó, escuchó y volvió a revisar lo que ya había mirado. El animal no aparecía. La tarde fue terminando sin que la niña pudiera resolver qué hacer con aquel hueco en el rebaño. Cuando casi había perdido la esperanza de hallarlo, el borrego regresó. La alegría del encuentro dejó enseguida lugar al asombro: traía la lana empapada, aunque no había llovido y ella no conocía allí un sitio donde pudiera haberse mojado.

Al día siguiente ocurrió lo mismo. El animal se apartó y volvió húmedo después de una ausencia que ya no podía parecer casual. La pastora trató de reconocer la dirección por la que llegaba, pero no obtuvo una respuesta. Algo existía más allá de su recorrido habitual. La curiosidad comenzó a acompañarla desde que salía con el rebaño hasta que lo reunía por la tarde. Necesitaba seguir al borrego sin perderlo entre las irregularidades del terreno.

Revisó las patas y la lana buscando una señal que pudiera entender. El agua no había llegado como una salpicadura breve: se había quedado prendida al cuerpo. Miró hacia los rumbos que acostumbraba recorrer con el rebaño y procuró recordar una hondonada, una sombra húmeda o cualquier sitio que hubiera pasado por alto. La segunda desaparición no sólo repitió la duda; le permitió imaginar un propósito en el movimiento del animal. Tal vez no se perdía. Tal vez iba a un lugar preciso y regresaba cuando había terminado. Para descubrirlo necesitaba una referencia que no dependiera de conservarlo siempre delante de sus ojos.

Le puso un cascabel. La próxima vez que el animal se separó, la niña esperó el tintineo y caminó detrás de él. Si dejaba de verlo, el sonido le permitía corregir el rumbo. Poco a poco descendió por la barranca, alejándose de los lugares donde acostumbraba detenerse. Cada paso encontraba la promesa del siguiente en aquella pequeña música que avanzaba delante. El misterio parecía a punto de convertirse en algo sencillo: bastaba con llegar hasta donde el borrego iba.

El cascabel sonó primero muy cerca y luego más abajo. La niña se detuvo cada vez que el terreno le ocultaba al borrego, esperando que el siguiente movimiento le devolviera el rumbo. No podía bajar tan deprisa como él y tuvo que buscar con los pies dónde apoyarse. Al perder por un momento el tintineo sintió que el misterio podía escapársele otra vez. Entonces sonó de nuevo y continuó. El camino que antes sólo había imaginado se estaba formando bajo sus pasos. La niña procuraba recordar las vueltas para regresar, sin sospechar que la respuesta del fondo cambiaría también el espacio por el que acababa de descender.

Lo encontró bebiendo en un charco. La presencia del agua le causó tanta sorpresa como la lana mojada de las tardes anteriores. No era temporada de lluvias y ella no recordaba haber visto allí un manantial. Se agachó junto al borde y empezó a apartar la tierra, buscando comprender de dónde venía. El borrego había resuelto su necesidad de beber; la niña, en cambio, acababa de despertar una pregunta que la acercó todavía más al agua.

Al tocar y remover el charco, el nivel comenzó a subir. Lo que parecía una pequeña reserva se extendió sobre el fondo de la barranca. La pastora quiso retirarse, pero la corriente crecía con una rapidez imposible. El espacio por el que había bajado empezó a quedar lejos, separado de ella por una superficie cada vez mayor. El agua cubrió el terreno y la niña desapareció dentro de la laguna que acababa de formarse, según cuenta la tradición.

Intentó afirmar las manos donde un instante antes había tierra seca. El agua rodeaba los puntos que elegía y le quitaba el apoyo antes de que consiguiera ponerse a salvo. Alzó la vista hacia el camino del cascabel, buscando el tramo por el que había llegado. La superficie crecía entre ella y ese recuerdo. El borrego había ido a beber a un charco; ella estaba viendo cómo el charco ocupaba un mundo. No le quedaba tiempo para comprender de dónde salía tanta agua. El ruido de la laguna naciente terminó por cubrir el pequeño sonido que la había llevado hasta allí.

El relato no la deja solamente como una ausencia. Dice que las aguas encantadas la transformaron en sirena y que desde entonces pertenece al mundo que había descubierto siguiendo a su borrego. Así concluye la historia del cascabel: el sonido conduce a una niña hasta un charco, el charco se vuelve laguna y la niña cambia de vida bajo su superficie. En Aljojuca, cada vez que se cuenta, la quietud del agua parece guardar todavía aquel primer movimiento que nadie pudo detener.

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