Don Goyo, el caminante del Popocatépetl
LA MEMORIA QUE SIGUE VIVA

Don Goyo, el caminante del Popocatépetl

San Nicolás de los Ranchos, Puebla

Puebla·San Nicolás de los Ranchos

Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.

En los caminos de Santiago Xalitzintla comenzó a hablarse de un hombre al que algunos habían encontrado andando solo. No llegaba con la apariencia de un poderoso ni se hacía anunciar por nadie. Podía confundirse con otro caminante que necesitara descansar y conversar un momento. Su presencia se quedaba, sin embargo, en la memoria de quienes lo escuchaban. Parecía conocer la montaña de una manera que no dependía solamente de haber recorrido sus senderos.

Los vecinos estaban acostumbrados a ver personas que subían o bajaban con algún asunto que atender. Un caminante podía detenerse para preguntar, recuperar el aliento o compartir una noticia. Por eso no hacía falta abrir una conversación desde el asombro. Primero se escuchaba lo que necesitaba. El desconocido encontraba así un lugar en la vida del pueblo antes de revelar su relación con el volcán. Quien lo atendía podía mirar sus manos, el desgaste del camino sobre su ropa y el rumbo que había dejado detrás. Todo parecía pertenecer a una visita corriente, hasta que las palabras empezaban a vincularlo con algo mucho mayor.

El desconocido se acercaba a las personas y pedía cosas sencillas: algo para comer, ropa o alivio para el cansancio de sus pies. Sus necesidades lo volvían cercano. Cualquiera podía imaginar el peso del camino sobre un cuerpo o la incomodidad de seguir andando con los pies lastimados. En esas conversaciones, el volcán dejaba de ser sólo una elevación vista desde lejos. Sin que el interlocutor lo comprendiera de inmediato, la montaña estaba aprendiendo a hablar con voz de vecino.

Ofrecerle comida obligaba a detener por un momento la propia tarea. Había que acercar un asiento, disponer lo que se tenía y escuchar mientras el visitante descansaba. El hombre no parecía medir la hospitalidad por la abundancia. Una atención pequeña podía abrir una conversación suficiente. Los pies cansados daban a la petición una urgencia fácil de entender: el camino continuaba y todavía debía recorrerlo. Para quien lo recibía, la montaña quedaba al fondo como parte conocida del paisaje. El huésped hablaba desde esa misma dirección, reuniendo de un modo todavía discreto el cuerpo de un caminante y la presencia inmensa que permanecía sobre el pueblo.

Cuando le preguntaban su nombre se presentaba como Gregorio, llamado también Gregorio Chino en la tradición. Al explicar de dónde venía, señalaba el rumbo del Popocatépetl. Después se alejaba. Quienes intentaban seguirlo con la mirada veían perderse su figura por los caminos de la montaña. El encuentro podía parecer ordinario mientras duraba. Lo extraordinario llegaba después, al recordar sus palabras y tratar de decidir dónde terminaba el hombre y dónde comenzaba el volcán.

Las noticias de unas personas se unieron a las de otras. No todos lo habían visto de la misma manera ni en el mismo momento, pero se repetía la idea de un caminante que necesitaba ser escuchado. El nombre Gregorio terminó por convertirse en Don Goyo. Aquella forma de llamarlo reunía respeto y familiaridad: no se hablaba únicamente de una fuerza lejana, sino de alguien con quien los pueblos vecinos podían mantener una relación.

Después de la visita, los relatos se compartían junto a las tareas del día. Alguien recordaba una petición y otra persona encontraba una semejanza con lo que había oído en otro encuentro. Las diferencias no impedían reconocer una misma relación. Había que tratar con respeto al que llegaba, aunque no se supiera enseguida quién era, y conservar atención hacia el monte al que decía volver. El nombre Don Goyo pasó así de una conversación a otra. Podía pronunciarse mirando una vereda vacía o levantando los ojos hacia el volcán. En ambos casos permitía hablar de una presencia que el pueblo sentía cerca sin poder retenerla en una casa.

La comunicación continuó dentro de los sueños de quienes, en la tradición local, saben atender los tiempos de la montaña. El volcán podía anunciar inquietud, pedir una atención o hacer sentir su presencia. Al despertar, el sueño no quedaba reducido a una imagen privada: había que compartirlo, pensar en su significado y preparar la respuesta ritual de la comunidad. Escuchar a Don Goyo implicaba reconocer que la vida al pie de la montaña exigía memoria y cuidado.

Llegaba entonces el tiempo de llevar ofrendas y de recordar su día, celebrado popularmente en marzo. La comida, las flores y otros presentes devolvían al volcán la hospitalidad que había solicitado como caminante. Allí donde el extraño había pedido un alivio para sus pies, la comunidad expresaba ahora su deseo de mantener una buena relación con él. La montaña seguía siendo inmensa, pero el intercambio le había dado un rostro humano.

Preparar la ofrenda reunía conversaciones y manos. Cada objeto llevaba el cuidado de quien lo había dispuesto y la memoria de una petición escuchada. Para los participantes, acercar alimento a la montaña respondía a la misma hospitalidad que se ofrecía al caminante; hacerlo juntos daba a esa relación la duración de una costumbre compartida. Los mayores podían recordar otras celebraciones mientras los más jóvenes aprendían por qué se elegía cada atención. No había que ver aparecer al hombre para mantener el vínculo. Su nombre bastaba para reunir lo que los sueños, las visitas y los relatos habían dejado entre las familias como una conversación pendiente.

La leyenda concluye sin encerrar a Gregorio en una casa ni fijar la fecha de su última visita. Puede volver por un camino o aparecer en un sueño. Por eso, en Xalitzintla, el relato no se cuenta sólo como algo que terminó hace mucho: conserva abierta la posibilidad de reconocerlo otra vez. El hombre se retira hacia el Popocatépetl y el volcán permanece sobre el pueblo. Entre ambos queda un mismo nombre, Don Goyo, con el que las personas llaman a la montaña cuando quieren hablarle de cerca.

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