Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
El agua había cubierto el mundo y borrado los caminos que antes permitían reconocerlo. Dentro de una cueva situada en lo alto de una montaña se refugiaron unos gigantes. Entre ellos estaba Xelhua. Mientras duró la inundación, el refugio fue la diferencia entre seguir existiendo y desaparecer bajo el mismo desastre que había alcanzado a los demás. Afuera no había tierra a la cual volver. Sólo cuando las aguas comenzaron a retirarse pudieron imaginar una salida.
Dentro del refugio aprendieron a esperar sin poder medir cuánto faltaba. La entrada permitía mirar hacia un mundo del que ya no llegaban las señales acostumbradas. Donde antes había rutas y lugares distintos, el agua hacía una sola superficie. Los sobrevivientes debían acercarse con cuidado para comprobar si algo cambiaba y volver después al interior con la misma incertidumbre. Xelhua conoció así una altura que no había elegido por orgullo, sino por necesidad. La montaña lo sostenía mientras todo lo demás parecía retirarse. Ese recuerdo acompañaría más tarde la voluntad de construir algo que también pudiera imponerse sobre una nueva crecida.
Los sobrevivientes descendieron a un paisaje cambiado. Todo lo que encontraban recordaba la magnitud de lo perdido. Xelhua miró las elevaciones y comprendió cuánto había dependido de aquella altura. La cueva los había recibido cuando ningún otro lugar podía hacerlo. Quiso conservar la memoria del refugio y levantar una construcción que se pareciera a la montaña protectora. Pero la obra fue creciendo también dentro de su deseo: no le bastaría con ser un recuerdo bajo el cielo.
Al pisar de nuevo terreno descubierto, los gigantes no recuperaron de inmediato el mundo anterior. Había que reconocer por dónde continuar y qué señales seguían siendo útiles. Xelhua se volvía hacia la altura que acababa de dejarlos salir. No podía agradecer a una cueva con palabras que la hicieran responder, pero sí imaginar una forma que la recordara. La nueva elevación debía reunir en una obra visible lo que la memoria del diluvio dejaba disperso: el miedo de no encontrar dónde ponerse a salvo y la gratitud por haber hallado un techo. La decisión encontró allí su primer impulso, antes de crecer hasta una pretensión mucho mayor.
Eligió Cholula y reunió fuerzas para edificar una elevación hecha por los hombres. Los materiales comenzaron a pasar de mano en mano. Cada pieza colocada exigía otra, cada nuevo nivel alejaba la cima del suelo. Quienes trabajaban podían medir el avance viendo empequeñecerse a los que permanecían abajo. La construcción necesitaba una voluntad compartida, una cadena de esfuerzo que mantuviera el movimiento de los materiales hasta el lugar donde seguían aumentando los muros.
Los materiales recorrían una distancia cada vez más larga. Al comienzo podía verse con claridad a quien entregaba y a quien recibía; después los trabajadores debían confiar en la continuidad de la fila. Cada brazo dependía de otro. Una pausa abajo llegaba arriba como una espera y una orden desde lo alto tardaba en recorrer el conjunto. La elevación parecía una empresa del gigante, pero estaba hecha de muchos esfuerzos que no podían abandonar su lugar. Xelhua observaba el crecimiento y pedía continuar. Lo ya levantado no lo llevaba a dar por cumplida la tarea: le permitía imaginar el siguiente nivel con mayor certeza.
Xelhua veía en aquella altura la posibilidad de vencer una vulnerabilidad que no quería volver a sentir. Si el agua regresaba, la obra debía ser más fuerte que el miedo. Si el cielo permanecía lejos, la construcción podía seguir acercándose. El monumento comenzó a confundirse con el deseo de alcanzar un espacio reservado a las divinidades. La memoria agradecida del refugio se había transformado en una empresa que parecía no reconocer su propio límite.
Los dioses observaron la torre en crecimiento. La cadena de trabajadores seguía alimentándola y el gigante no parecía dispuesto a detenerla. Según la tradición, aquella insistencia provocó la intervención celeste. Una fuerza de fuego cayó sobre la obra y deshizo la continuidad del trabajo. El movimiento de manos y materiales se quebró. Lo que parecía una tarea interminable encontró de golpe un final que ninguna orden de Xelhua podía modificar.
La interrupción quebró tanto la obra como la confianza de sus constructores. Los que sostenían una pieza tuvieron que dejar de buscar la mano siguiente. Las miradas se volvieron hacia el origen del golpe y después hacia los compañeros. El cielo que deseaban alcanzar había respondido de una manera que no podían tratar como una dificultad más del trabajo. No bastaba con traer otros materiales ni reunir de nuevo la cadena. La decisión de continuar había dejado de estar por completo en manos de Xelhua. Los mismos espacios que antes indicaban el siguiente tramo pasaron a señalar el punto donde la elevación debía quedarse sin terminar.
Los constructores dejaron de elevar la torre. La altura conseguida permaneció, pero ya no como la victoria que su promotor había imaginado. Se volvió la señal de una ambición interrumpida. Quienes antes habían mirado la cima pensando en el siguiente nivel tuvieron que contemplarla como una obra que no llegaría más lejos. El cielo seguía donde había estado y la tierra conservaba una montaña artificial cuyo final contaba también la historia de sus límites.
Así se relacionó a Xelhua con la gran elevación de Cholula. En su elevación quedó guardada la memoria del diluvio, del refugio que sostuvo a los sobrevivientes y del gigante que quiso levantar otra seguridad para no tener que esperar de nuevo entre las aguas. Al terminar, el gigante no alcanza el cielo ni borra el desastre del pasado. Deja en el valle una forma visible de ambas cosas. La obra inconclusa permanece para que quienes la miren puedan imaginar las manos que la levantaban y el instante en que dejaron de hacerlo.

