Antes de convertirse en un personaje de los recorridos nocturnos, la Carambada fue el nombre de una mujer a la que se temía en los caminos. Leonarda Martínez quedó en la memoria queretana como bandolera de la segunda mitad del siglo XIX. Su figura no encajaba con el lugar silencioso y obediente que muchos esperaban de una mujer. La tradición la recuerda montando a caballo, manejando armas y enfrentándose a personas que creían que una mujer no podía ponerlas en peligro.
Su apodo llegó antes que una explicación completa de su vida. A quien oía hablar de ella le bastaba saber que podía aparecer en el camino y que no iba a retirarse por una orden pronunciada con autoridad. En las versiones populares robaba a los ricos y ayudaba a los pobres. Ese rasgo la volvió una figura contradictoria: delincuente para quienes sufrían sus asaltos, vengadora para quienes imaginaban encontrar en ella una respuesta a los abusos de los poderosos.
La historia legendaria de su venganza comienza con un amor. Leonarda se enamoró de un militar al que las versiones turísticas identifican como José Joaquín Ortiz. El hombre fue condenado a morir fusilado. De pronto, la mujer que parecía moverse con libertad por los caminos se encontró ante una barrera que sus armas y su habilidad a caballo no podían derribar. Había una sentencia, había autoridades y había un tiempo que se agotaba mientras ella buscaba cómo salvarlo.
La Carambada acudió a pedir clemencia. El relato la lleva de una autoridad a otra y termina colocándola ante Benito Juárez. Solicitó que perdonaran al condenado. Su petición fue rechazada. El poder ante el cual no acostumbraba inclinarse no cedió tampoco cuando acudió por amor. La muerte del militar cerró la posibilidad de un futuro compartido y convirtió la desesperación en rencor. La leyenda sitúa allí el nacimiento de una promesa de venganza.
Leonarda no iba a conformarse con una derrota que otros podían dar por terminada. En su imaginación legendaria, cada puerta cerrada se volvió un motivo para continuar. Si quienes tenían autoridad se habían negado a escucharla, buscaría una forma de alcanzarlos sin pedir permiso. De este punto nace el episodio más famoso y también el más incierto de su historia: el encuentro con una mujer que conocía una hierba llamada veintiunilla y los efectos que se le atribuían.
Se decía que aquella planta no mataba de inmediato. Su daño aparecía después de un plazo, cuando el momento de haberla ingerido podía haberse borrado de la memoria. La leyenda convierte esa demora en un arma. La Carambada, paciente y resuelta, habría conseguido acercarse a Juárez y darle una bebida preparada con la hierba. El relato no necesita una batalla pública: hace de un gesto aparentemente inofensivo la culminación de la amenaza que nadie había querido tomar en serio.
Pasaron los días. Según la versión popular, cuando el presidente murió, Leonarda ya había cumplido su venganza. El tiempo que daba nombre a la planta parecía cerrar una cuenta que ella había llevado en silencio. Así, la historia de una bandolera llegó a ocupar un lugar en un acontecimiento nacional. Para quienes la repetían, una mujer ignorada por el poder había logrado tocarlo donde menos lo esperaba. Para la historia documentada, esa acusación no constituye una explicación demostrada de la muerte de Juárez.
Su fama creció precisamente entre esos dos terrenos. Una parte pertenece a una persona real que vivió, actuó y murió; otra, a los relatos que hicieron de ella una adversaria capaz de todo. La leyenda añadió a su nombre destrezas, encuentros y conspiraciones que no siempre pueden verificarse. Aun así, nunca dejó de mostrar el mismo carácter: una mujer que rechazaba el destino que otros pretendían imponerle y cuya presencia inquietaba incluso después de haberse marchado.
La muerte de Leonarda también se rodeó de versiones. Hay relatos que la sitúan en el antiguo convento de Santa Rosa de Viterbo, cuando funcionaba como hospital. El registro de defunción conservado en el archivo queretano sitúa su muerte en 1884, frente a otras fechas repetidas durante mucho tiempo. Ese documento confirma la existencia de la mujer, pero no convierte automáticamente en verdaderos todos los episodios que se le atribuyeron. Una huella histórica puede convivir con una biografía transformada por la imaginación popular.
Por eso la Carambada sigue siendo un personaje poderoso sin necesidad de aceptar como hecho el envenenamiento. Su leyenda cuenta la pérdida de un amor, el fracaso de una súplica y el deseo de devolver el daño recibido. En las calles de Querétaro se la recuerda como alguien que no pidió ser ejemplo de virtud. Su nombre quedó unido a una pregunta que todavía sostiene el relato: qué puede llegar a hacer una persona cuando cree que el poder le ha quitado todo.
