En Cunduacán se cuenta que antes de la población actual hubo otro pueblo, y que su desaparición quedó unida a una pelea imposible. La leyenda sitúa el principio en una fiesta a la que llegaban visitantes de otros lugares. En medio de la celebración, un hombre procedente de Chiapas tuvo un altercado con un habitante de Cunduacán. La discusión pasó de las palabras a los golpes. El visitante fue derrotado y la vergüenza lo acompañó cuando abandonó el lugar.
Para quienes permanecieron en el pueblo, la pelea podía haberse convertido en otro incidente que terminaría por olvidarse. Para el hombre vencido fue una herida que no aceptó dejar atrás. La derrota había ocurrido ante otros, y esa mirada ajena hizo más profundo el rencor. En la tradición, se marchó prometiendo regresar. No pensaba hacerlo para continuar una discusión. Quería que el vencedor y el pueblo que había presenciado su caída conocieran una revancha que no pudieran soportar.
De vuelta en su tierra buscó poderes que no había tenido en el primer encuentro. Las versiones hablan de brujos o conocedores de artes sobrenaturales. El visitante pidió una fuerza capaz de cambiar el resultado. El orgullo transformó la pelea de dos hombres en un asunto que ya no podía resolverse solamente con puños. Si el cuerpo humano había sido vencido, necesitaba otro cuerpo; si no había podido imponerse como hombre, volvería de una manera que inspirara miedo.
Cuando regresó, el lugar podía parecer el mismo. Pero la intención con que volvía no lo era. El rencor había tenido tiempo para crecer. El recuerdo de la primera pelea ocupaba el sitio de cualquier posibilidad de reconciliación. Para la leyenda, el peligro no llegó por una invasión lejana ni por un enemigo que todos reconocieran de antemano. Llegó con alguien que ya conocía el pueblo y que volvía para cobrar una ofensa.
El hombre se convirtió en una enorme serpiente. Su tamaño y su fuerza hicieron del suelo un espacio vulnerable. En una de las versiones vinculadas con el Pueblo Viejo, la criatura se introdujo bajo la tierra y comenzó a horadarla. Lo que sostenía las casas dejó de ofrecer seguridad. El enemigo podía desplazarse donde los habitantes no podían verlo, y esa presencia subterránea volvía inquietante cada paso. La vida del pueblo se encontraba encima de una amenaza que lo estaba vaciando por dentro.
La tradición también atribuye poder al contrincante de Cunduacán. Ante la serpiente, se transformó en rayo y la fulminó. El enfrentamiento abandonó por completo el tamaño de una pelea humana. La tierra y el cielo parecían responder a la misma enemistad: una fuerza reptaba bajo el suelo, la otra caía con violencia sobre ella. Ganar ya no significaba solamente derribar al adversario. Significaba liberar una energía que alcanzaba todo aquello que ambos habían dejado alrededor.
El pueblo no quedó a salvo con la derrota de la criatura. Las narraciones relacionan el combate, las galerías abiertas bajo el suelo y el hundimiento de la antigua población. Casas, espacios de reunión y caminos quedaron perdidos en el desastre. La victoria de un hombre no pudo devolver a los demás lo que habían tenido. Ese es el giro trágico del relato: el vencedor pudo salvar su honor y aun así provocar, o no impedir, la destrucción de su propia comunidad.
Los sobrevivientes tuvieron que marcharse. No podían reconstruir una vida sobre un sitio convertido en amenaza y agua. Se alejaron del lugar que había contenido sus hogares y buscaron otro asiento. La leyenda recuerda el gesto de plantar una cruz donde comenzó la nueva población. Con ella marcaban una posibilidad de permanecer, un límite entre lo que dejaban atrás y lo que todavía podían levantar. El pueblo actual nació, dentro del relato, después de una pérdida.
La zona del asentamiento antiguo quedó en la memoria como Pueblo Viejo. Su nombre no necesitó conservar cada detalle del combate para seguir provocando preguntas. Bastaba señalar que allí había existido una población y que el terreno ya no permitía verla como antes. El agua y los bajos guardaban la parte desaparecida, mientras quienes se habían salvado transmitían a sus descendientes una explicación en la que el rencor de dos hombres había adquirido tamaño de catástrofe.
No todas las versiones conservan exactamente el mismo episodio del rayo o el mismo mecanismo del hundimiento. La historia local y la leyenda tampoco son equivalentes. Lo que permanece en esta narración de Cunduacán es la advertencia que deja su desenlace: una ofensa alimentada hasta la venganza puede acabar destruyendo mucho más que al adversario. El hombre serpiente perdió su pelea; el Pueblo Viejo perdió su lugar. Y los sobrevivientes tuvieron que empezar otra vida para que su memoria no se hundiera también.
