Ilustración creada con IA como recreación artística de esta leyenda.
En Tres Zapotes vivía un muchacho al que llamaban Juanito. Su padre conocía el secreto que el niño procuraba esconder a los demás: bajo la ropa tenía el cuerpo cubierto de vello y una cola que lo hacía diferente de sus compañeros. Juanito podía conversar, jugar y sentir el mismo deseo de compañía que cualquier otro niño, pero sabía que una mirada curiosa podía convertirse en burla. Por eso cuidaba sus movimientos y buscaba quedarse solo cuando tenía que quitarse la ropa.
Durante un tiempo consiguió mantener aquella diferencia fuera de los juegos. Si los otros muchachos iban al agua, él prefería esperar. Inventaba un motivo para quedarse atrás o elegía otro momento del día. No quería que su cuerpo se convirtiera en la única cosa que los demás vieran en él. La tranquilidad de esos cuidados era frágil: dependía de que nadie insistiera demasiado, de que ninguna travesura lo obligara a mostrar aquello que trataba de proteger.
Juanito escuchaba la invitación al baño con un deseo que procuraba disimular. Quería correr con los demás, entrar en el agua y no tener que preparar una explicación antes de cada juego. Mientras veía alejarse a los compañeros, se quedaba atendiendo a la ropa que le servía de resguardo. En casa podía moverse con otra confianza. Su padre no necesitaba pedirle que mostrara nada ni sorprenderse de su aspecto; lo había cuidado desde pequeño. El muchacho no comprendía por qué esa misma tranquilidad no podía extenderse fuera de la vivienda. Cada excusa con que evitaba el baño lo protegía por un momento y aumentaba después la sensación de estar quedándose al margen.
Un día sus compañeros descubrieron el secreto. En lugar de guardarlo, lo rodearon y comenzaron a molestarlo. Las risas lo siguieron donde intentaba apartarse. Algunos llegaron a tirarle de la cola. Juanito sintió que no lo estaban mirando como a un compañero, sino como a una criatura a la que se podía perseguir para divertirse. La vergüenza se convirtió en rabia y la rabia en una decisión que ya no quiso aplazar.
Intentó apartarse sin ofrecer a las risas una respuesta mayor. Uno le cerraba un paso y otro repetía una burla que los demás celebraban. La cola que siempre había querido ocultar se había convertido en un punto al que todos miraban, como si no tuviera rostro ni nombre. Buscó entre los compañeros a alguien que dejara de reír. La espera de esa ayuda lo hizo sentirse todavía más solo. Cuando consiguió separarse, ya no quería volver para escuchar una disculpa. Se llevó el cansancio de haber tenido que defender su propio cuerpo y el temor de que el mismo juego volviera a empezar al día siguiente.
Al volver con su padre anunció que se iría al monte. Allí nadie podría cercarlo con preguntas ni reírse de él. Su padre intentó hacerlo cambiar de idea. Conocía el peligro del aislamiento y temía que, una vez perdido entre la vegetación, el muchacho dejara de volver. Juanito, sin embargo, había dejado de imaginar un lugar para sí entre las casas. Deseaba alejarse tanto que las voces de los otros niños no pudieran alcanzarlo.
El padre le pidió que se sentara antes de seguir hablando. Juanito permaneció de pie, atento a una salida que parecía tener decidida. El hombre trató de recordar con él los cuidados de la casa, los momentos en que habían estado juntos sin miedo y las cosas que aún podían hacer. Pero las palabras chocaban con una herida demasiado reciente. El muchacho no estaba eligiendo entre dos lugares que le ofrecieran la misma vida. Estaba huyendo de la posibilidad de otro cerco de risas. Su padre podía escuchar y protegerlo dentro de la casa; no había conseguido impedir lo ocurrido afuera. Los dos comprendían esa diferencia aunque ninguno supiera cómo corregirla.
Antes de partir entregó un caracol a su padre. Si alguna vez necesitaba entrar en el monte, debía hacerlo sonar: aquel llamado permitiría que su hijo lo reconociera y lo dejara pasar. Fue una despedida extraña. El regalo servía para conservar un lazo y, al mismo tiempo, anunciaba que el muchacho ya no recibiría a los caminantes de la misma manera. El padre quedó en la orilla del pueblo con el caracol entre las manos mientras Juanito desaparecía entre los árboles.
El caracol obligó al padre a aceptar la despedida de otra manera. Lo giró entre las manos y lo acercó a la boca como si el simple ensayo pudiera hacerlo menos definitivo. La voz que saldría de él tenía que cruzar la distancia entre los árboles y conservar un reconocimiento familiar. Juanito esperó a que entendiera la indicación. Todavía estaban juntos y ya preparaban el modo de encontrarse después de la separación. El muchacho salió sin llevarse el instrumento. Su padre quedó con algo que no reemplazaba una conversación ni una presencia, pero que al menos prometía que el hijo recordaría su llamada cuando estuviera lejos.
Después comenzaron las noticias sobre una criatura del monte. La describían con rasgos de hombre y de animal, enorme, difícil de mirar de cerca y capaz de amenazar a quienes se internaban en su territorio. La llamaron Sambomono. Su padre reconoció, detrás del miedo con que se hablaba del ser, la despedida de su hijo. No tuvo que verlo para comprender que el niño que había querido esconderse estaba creciendo lejos de todas las voces familiares.
El caracol se volvió entonces una forma de aviso. El padre contó que su sonido podía permitir el paso y quienes conocían la historia procuraban anunciarse antes de entrar. Pero ninguna llamada le devolvió la vida que había tenido con Juanito. El relato termina con esa separación: de un lado queda la comunidad que teme al Sambomono; del otro, un hijo que se refugió en el monte después de las burlas. Entre ambos permanece el sonido del caracol, una voz que todavía puede ser reconocida cuando ya no se sabe cómo regresar a casa.

